B-Fighter anónima

Como una de las muchas víctimas del bullying, quería compartir mi historia por dos razones. Una, un tanto egoísta, para desahogarme, hacerme más fuerte después de verbalizarla y tomar distancia de aquello que pasó hace años. Y la otra para, si es posible, ser de ayuda en cierto sentido para alguien que pueda sentirse identificado o no sepa cómo manejar este tipo de situaciones.

En general, tuve una bonita infancia. Pero una serie de problemas de salud me hizo ser algo diferente a los demás. Nací con un síndrome poco común, el de West. Para los que no lo conozcan, sus síntomas son principalmente convulsiones cerebrales y sus consecuencias neurológicas pueden arrastrarse toda la vida. Por suerte, yo salí ilesa de todo aquello. Mi madre, desde entonces, me llama superviviente.

Pero la cosa no acabó ahí. A los 6 años me diagnosticaron desarrollo precoz. Mi cuerpo quería adelantarse y funcionar como lo haría uno del doble de edad. Si no se actuaba de inmediato, pronto tendría la regla, entre otros problemas. Así que me pasé los siguientes tres años de hospital en hospital, de prueba en prueba, a base de inyecciones y controles. Y aunque al final se pudo controlar y por segunda vez escapé de aquello, todos esos recuerdos dejaron huella en mi personalidad.

Todo eso me hizo sentirme cada vez más insegura y desarrollé un carácter extremadamente retraído, hecho que muchas personas no fueron capaces de comprender y juzgaron sin conocer lo que lo había creado. Y no solo se burlaron de mi forma de ser. También me atacaron por mi físico. Debido a mi segunda enfermedad, había partes de mi cuerpo más desarrolladas de lo normal a esa edad, por ejemplo, los pechos. Entrar o salir del vestuario a la hora de gimnasia se convirtió en una pesadilla, puesto que tenía que soportar miradas, risas y comentarios casi inaudibles en aquella habitación, pero que conseguían taladrar mi cabeza.

Los demás me decían que pensara en la envidia que debían sentir para decirme o hacerme aquello. Pero eso no me consolaba nada. De hecho, años más tarde, cuando mi cuerpo ya iba al ritmo adecuado y todo iba bien a mi alrededor, mi mente me jugó una mala pasada y me hizo recordar lo que daba por superado. Empecé a pensar que mi cuerpo no era bonito, que todas aquellas cosas horribles que me decían eran verdad. Y acabé odiándome. Pasé una época terrible, sin querer ver mi reflejo en el espejo, encorvada para que nadie me mirara, sin ganas de nada. Todo eso sumado a la muerte de mi abuela, una de las pocas personas que me recordaba lo guapa que era, por dentro y por fuera, y de las pocas también a las que creía cuando me lo decía. De nuevo, afortunadamente, pude sobrevivir a esa espantosa etapa. Con tiempo, paciencia y algún que otro apoyo de amigos y familiares, aprendí a quererme y a valorarme. A no dejarme intimidar por nadie malintencionado y a pisar fuerte. Y gracias a todas esas lecciones también volví a ser más sociable y abierta. Y ahora, a pesar de todo el sufrimiento y la lucha constante, puedo decir con orgullo que me gusta ser quién soy.

Por eso, mi intención escribiendo esto es pediros que nunca queráis ser otra persona. Que penséis que tal como todo lo bueno acaba, lo malo también. Que nadie os debe callar ni menospreciar por cualquier diferencia, porque eso es lo que nos hace bellos. Que de cada experiencia, herida o cicatriz saquéis fuerzas renovadas para luchar y ser más felices. Que nunca deis por sentado el amor que os dan a vuestro alrededor. Ah, y regalad también amor, porque de odio el mundo ya va sobrado y hay que contrarrestarlo.